sábado, 15 de septiembre de 2012

Libro: Agatha Christie, los cuadernos secretos

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Agatha Christie, los cuadernos secretos
Agatha Christie's Secret Notebooks
John Curran
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Traducción de Miguel Martinez-Lage
Edita Punto de lectura
1ª edición: enero de 2012
565 páginas, incluye bibliografía selecta e índice de títulos
Contiene dos relatos inéditos de Poirot
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Cuando Agatha Christie falleció se había convertido en la escritora más popular del mundo. Tan prolífica era su producción que a menudo se afirmaba que tenía memoria fotográfica. ¿Era esto cierto? ¿O recurrió durante esos más de 55 años a métodos más mundanos para elaborar sus ingeniosos crímenes? Tras la muerte de la hija de Agatha a finales de 2004, se reveló un extraordinario legado. Entre sus objetos personales de la residencia familiar de Greenway se desenterraron los cuadernos privados de Agatha Christie, 73 volúmenes escritos a mano que, aunque se conocía su existencia desde hace años, habían permanecido en gran parte ignorados, probablemente debido a que la inconfundible caligrafía de Agatha era extremadamente dificultosa de leer. Pero cuando el archivero John Curran comenzó a descifrar los cuadernos, se hizo evidente la magnitud de este tesoro escondido.
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Libro demasiado especializado para mi gusto, sobre todo para mí que simplemente fui un lector de las novelas de Agatha Christie años ha y que tengo bastante oxidados los títulos y las tramas.

Contiene dos relatos inéditos: La captura de Cerbero y El incidente de la pelota de perro, con los que he recordado veranos de hace décadas.

Libro muy recomendable para fervientes seguidores de la autora.
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El Nissan Cube vs Salma Hayek


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El otro día hablaba Jeremy Clarkson del Nissan Cube, un coche que no se vende en Europa, según dijo, y comentaba su fealdad.
Es un coche asimétrico, en el que el lado contrario al conductor tiene más vidrio para facilitar la visión de éste.
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No estoy de acuerdo en que sea el coche más feo. El coche más feo, con mucha diferencia sobre el resto, es, era el Fiat Multipla. Tan feo que poco después de sacarlo al mercado tuvieron que remodelarlo a fondo.
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En lo que se pasó dos pueblos, después de haber dicho que el coche era horrible, fue en decir que le recordaba a Salma Hayek, con sus líneas angulosas del rostro.
¿Líneas angulosas? ¿Cuáles?
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Por más que la miro no las veo.
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Me gusta esta fotografía

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Detroit
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viernes, 14 de septiembre de 2012

El día de la comunidad catalana en Londres

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Una bandera en un balcón del edificio que hay en Strand frente a las Royal Court s of Justice, por cierto, ahora veo la foto y me doy cuenta de lo fea que es la farola.
Es la bandera oficial y que Cataluña comparte con Aragón, o Aragón con Cataluña.
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Una turista con la bandera con la estrella mirando uno de los leones que hay en el patio del British Museum.
Por cierto, la fotografía está tomada el día 11 y esta mujer en vez de estar en la manifa estaba de turismo.
El patio es una muestra de la magnífica arquitectura de Norman Foster.
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Mi librería aparece hoy en EL CUTURAL de EL MUNDO

Carlos Olivert

Hablan los libreros: Librería París-Valencia

NURIA AZANCOT | Publicado el 14/09/2012 |
Cuenta la leyenda que en 1954 un comerciante llamado Cipriano Olivert (Cullera, 1929) intentó vender en un rincón de su local, en la capital del Turia, los libros que le sobraban pero como siempre regresaba a casa con más ejemplares de los que se llevaba, transformó el negocio en librería de lance. Nacía así París-Valencia, que a finales de los 70 se convirtió también en editorial recuperando obras antiguas relacionadas con Valencia y facsímiles de libros raros y curiosos. Y no le fue mal. Hoy la librería, que sigue siendo editorial, cuenta con cinco establecimientos, 1.200 metros cuadrados, varios almacenes y un stock de 150.000 volúmenes, para un total de medio millón de ejemplares a la venta. Está dirigida por los cuatro hijos de Cipriano, que crecieron rodeados de libros, se iniciaron en el negocio muy jóvenes y cuentan “con la ayuda de forma menos activa pero decisiva de nuestro padre”. 

En estos casi sesenta años de aventura, el lector no ha cambiado demasiado, aunque ahora “la gente busca ediciones más baratas” y compra “más libros relacionados con la economía”. Saben -reconoce Carlos Olivert- que el futuro es “indeterminado, aunque seguro difícil”, que “los cambios en el sector son imparables”, pero cuentan con “magníficos y fieles clientes, muchos años de experiencia, y mucho trabajo”, lo que les hace no temer al libro digital, aunque “desembocará en la desaparición de parte del sector de la distribución y de librerías”. 

jueves, 13 de septiembre de 2012

Libro: La sombra de la sirena

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La sombra de la sirena

Sjöjungfrun
Camilla Läckberg
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Traducción de Carmen Montes Canci
Diseño de portada: Alejandro Colucci
Edita Maeva
Edición: 2012
440 páginas
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Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica. Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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A mí me daría miedo vivir en Fjällbacka, ni siquiera pasaría cerca de allí, pues la gente cae como chinches. Una población de 859 habitantes en 2010 y sigue disminuyendo a un ritmo de 3 ó 4 por libro.

Sexta novela protagonizada por la escritora Erica Flack y su marido y policía Patrik Hedström, en la que hay muerte, amenazas, miedo, sospechas, etc. todos buenos ingredientes para hacer pasar un buen rato.
Este libro no debe ser el primero en leerse de la serie pues, aunque las historias son independientes, los personajes tienen ya una carga de historia sobre ellos y hay veces que uno podría perderse si se los encuentra por primera vez.
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Entretenido.
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Felicidades Jacqueline





domingo, 9 de septiembre de 2012

Libro: La niebla

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La niebla
The mist
Stephen King
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Traducción de Antonio Samons
Edición electrónica
86 páginas
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Relato corto de Stephen King en el que un grupo de personas se encuentran atrapadas en un supermercado rodeado por una niebla más que inquietante.
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Stephen King sabe crear atmósferas en las que el miedo, el terror está ahí flotando alrededor. Este librito, por su extensión, es un claro ejemplo de ello.
Fue adaptado al cine en una película bastante digna en su resultado y honrada en la adaptación excepto el final, que lo variaron.
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Para quien no conozca a Stephen King es un muy buen comienzo.
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Cine: La gran seducción

La gran seducción 
La grande séduction
Año: 2003 
País: Canadá 
Dirección: Jean-François Pouliot 
Intérpretes: Raymond Bouchard, David Boutin, Benoît Brière, Pierre Collin, Rita Lafontaine, Dominic Michon-Dagenais 
Guión: Ken Scott 
Música: Jean-Marie Benoît 
Fotografía: Allen Smith 
Género: Comedia
Duración: 105 minutos 
El pequeño pueblecito canadiense de Sain-te-Marie-La-Mauderne, situado en una isla, ya no es lo que era. Tiempo atrás vivían de la pesca, pero ahora sus habitantes hacen lo que pueden cobrando puntualmente cada mes el subsidio de desempleo. Germain, alcalde a su pesar, sabe que la supervivencia del lugar pasa por la instalación en el pueblo de una fábrica. Ha hecho las gestiones oportunas para ello, pero hay una pequeña dificultad: el pueblo necesita un médico, y si no lo hay, los promotores de la fábrica no respaldarán el proyecto. Por caminos inesperados, logran que el doctor Christopher Lewis, cirujano plástico, pase un mes en el pueblo. De modo que todo el pueblo se confabula para que el sofisticado médico está muy a gusto, y acepte el puesto vacante de médico. 
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Simpática película que se hace muy agradable de ver, aunque creo que esta expresión no es correcta.
Película coral en la que todo el pueblo participa, recordando alguna película española de los años 60 o las sencillas comedias inglesas de los estudios Ealing, como Los apuros de un pequeño tren que comenté aquí.
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Ha sido una pequeña sorpresa muy agradable encontrarme con esta película, lo he hecho dentro de las películas que ORBYT pone gratuitamente a disposición de sus suscriptores y que estos pueden ver en streaming, como hice el otro día con una película de Sophie Marceau.
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Sin pretensiones, o sólo una, hacer pasar un buen rato y puedo asegurar que lo consigue.
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Me gusta el ajedrez

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Excelente tablero de juego
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Felicidades Michelle






Felicidades Rose






sábado, 8 de septiembre de 2012

Libro: El último paciente del doctor Wilson

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El último paciente del doctor Wilson
Reyes Calderón
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Edita Planeta
1ª edición en formato electrónico: junio de 2011
488 páginas
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La jueza Lola MacHor, durante un congreso en Barcelona,recibe en su hotel un manuscrito en el que un individuo, que se hace llamar Rodrigo, le hace partícipe de su macabro experimento: cometer una serie de asesinatos para poner a prueba su cordura. Lo que parecía una broma de mal gusto, pronto se traduce en un juego mortal al descubrir el rastro de una oleada de crímenes, metódicamente ejecutados, a lo largo y ancho del globo. Con la ayuda de su marido y del inspector Iturri, MacHor se enfrentará a uno de los casos más insólitos y complejos de su carrera: detener a Rodrigo sin disponer apenas de ninguna pista sobre su identidad.
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Ya conocía una anterior novela de la autora con los mismos personajes, Los crímenes del número primo, que leí hace cuatro años y si aquella me gustó ésta también.
Una historia que por increíble que parezca no deja de poder ser real, en la que el lector participa a la vez que los personajes, que disponen de los mismos datos.
No hay conejos que salen de la chistera, sólo la inteligencia la servicio de la investigación.
Me gusta el personaje de la juez, lo siento yo digo juez, Lola MacHor, muy humana, muy real, con sus limitaciones y sus miedos.
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La recomiendo, y creo que habría que empezar por el principio de la serie, son ya cuatro las novelas protagonizadas por la juez, para ver cómo ha ido evolucionando el personaje.
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¿Nuevo deporte olímpico?


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Durante los pasados Juegos Olímpicos de Londres vi en la televisión una ¿noticia? en la que unas bailarinas pedían que el baile en la barra americana, o pol dance, fuera considerado un deporte olímpico.
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Cuando el billar, en sus múltiples modalidades, o el manejo del mando a distancia de la televisión no están considerados deportes olímpicos, el segundo ni siquiera deporte, me parece muy fuerte esa petición.

Pero si recordamos que el curling es deporte la cosa cambia y estaría más que justificado.
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Directed by Ryan Staake (Pomp&Clout)
Interactive Version: set-it-off.com
Dancers: Marlo, Mina, Nadia, Reiko, Michelle, Prana, Kyra, Autumn, Danielle & Crystal
Production Companies: Pomp&Clout and Pier Pictures
Co-producers: T.S. Pfeffer, Robert McHugh & Ryan Staake
Director of Photography: Aaron Grasso
Assistant Director: Robert McHugh
Assistant Camera: Gille Klabin
Concept & Visual Effects: Ryan Staake
Makeup: Christina Rodriguez & Rana Akhavan
Gaffer: Rudie Schaefer
Key Grip: Jamin Mandel
Additional Footage: Peter Corina
Associate Producers: Kyle McBeth, Kyra Johannesen, Jen James & Liz Kinnmark
Production Assistants: Ian Kaye & Michael Onak
Quality Assurance: Leslie Ruckman
Thanks to the AERA Dance Foundation (aeradance.org) & The Automobile Driving Museum (automobiledrivingmuseum.org)
Shot in Los Angeles on the RED Epic
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El vídeo, que no tiene nada que ver con la noticia, es una pasada.
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Felicidades Virna






viernes, 7 de septiembre de 2012

Libro: El caso del secretario italiano

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El caso del secretario italiano
The italian secretary
Caleb Carr
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Traducción de Eduardo Iriarte
Diseño de portada e ilustración: Leo Flores
Edita Zeta
1ª edición: febrero de 2007
255 páginas
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Caleb Carr retoma la senda de Conan Doyle para ofrecer un nuevo caso de Sherlock Holmes, al que aporta el rigor histórico y el profundo conocimiento de la psicología humana que caracteriza toda su obra. Una de las novelas más populares de Conan Doyle es El perro de Baskerville (1902), cuya resolución tiene tintes paranormales. Poco más de un siglo después, Caleb Carr, que conoció el éxito internacional con su thriller histórico El alienista, retoma a Sherlock Holmes como protagonista de una nueva investigación con connotaciones sobrenaturales. En esta ocasión, Sherlock Holmes, ayudado por el incondicional Watson, investigará el apuñalamiento, en el siglo XVI, de David Rizzio, un confidente de la reina María de Escocia.
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A raiz de una anotación de posodo sobre apariciones raras, el no le llama así,  de Sherlock Holmes en la literatura, recordé que tenía este libro.

Considero que es un pequeño homenaje de Caleb Carr, que se había dado a conocer con una magnífica novela, El Alienista (1994) y su continuación, El ángel de la oscuridad (1997).

El autor ha sabido captar la esencia de los personajes originales y crea una trama muy a tono con ellos, en la que hay momentos para el razonamiento científico y momentos para la pura acción.

Al final del relato hay un postfacio en el que el autor traza algún paralelismo y conexión entre Sherlock Holmes y el Doctor Kreizler, protagonista de sus novelas citadas.
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Muy entretenida y recomendable.
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Si vas a Londres no te lo pierdas


Ciencia y arquitectura de Sir Christopher Wren

Posted by Fernando Olalquiaga
Londres, Londres
Pasan los siglos y seguimos mostrando una querencia irresistible por visitar Londres. Algunos llegan más lejos y se quedan allí para siempre; los motivos que esgrimen son bastante oscuros, pero suelen tener relación con el amor en cualquiera de sus variantes. Amor por una persona, casi siempre de ascendencia colonial; por las empanadas de anguila y riñones a la reducción de Marmite, pues desgraciadamente ni siquiera allí se tiene siempre a mano un frasco de Vegemitepor una serie de ceros en cursiva rematando un contrato laboral, o simplemente por un contrato para el cual el término laboral no es sino un eufemismo, y entonces el amor se torna necesidad; por los trajes de raya diplomática, los bombines y la esperanza de que pronto vuelvan a dominar las aceras de St. James y Regent Street… No hace tanto tiempo, apenas 229 años, y ahora que está tan de moda medirlo todo según la teoría darwiniana —el llanto de un bebé, la edad de las tortugas, el PIB de Rutenia— podemos asegurar que dos centurias apenas significan nada para la Historia de la Humanidad, que la corriente turística de todo el Imperio Británico, y por tanto diríamos del mundo entero, se dirigía a ver los ahorcamientos y otras variantes de muerte violenta y no siempre justa que se llevaban a cabo en Tyburn, justo donde hoy en día se levanta el Marble Arch. Allí se hacían los honores tanto a señores como Lord Ferrers, último par inglés ejecutado por felonía, que vistió sus mejores galas para la ocasión y demostró la suficiente entereza como para dar qué pensar a las nuevas generaciones a quienes les tiemblan las rodillas ante la perspectiva de un par de tomatazos bien merecidos a las puertas de un juzgado, como a bandoleros de variada procedencia social y popularidad, entre los que cualquier ciudadano mínimamente instruido podría citar a Dick Turpin. Acto seguido se les facilitaba una cita con el Hacedor para que, violando una vez más uno de los principios básicos del derecho, les juzgara por segunda vez por cometer unos crímenes a los que nadie más daba mayor importancia.
Hoy las atracciones que se buscan en Londres son otras, no siempre más civilizadas. Galerías de arte donde, por más de lo que uno podría gastar en varias vidas dedicadas al derroche de fortunas adquiridas mediante matrimonios cuidadosamente planificados, se puede comprar una vaca Hereford conservada en formol o un retrato xerografiado de un bote de habas; museos en los que caben prácticamente todo el antiguo Egipto, la Grecia clásica y el matrimonio Arnolfini, que es tan grande como las civilizaciones que lo preceden y gran parte de las que lo siguen; pubs donde confraternizar con lo más granado de las corresponsalías europeas y subcontinentales y en los cuales lo más importante sigue siendo llegar hasta el fondo del sentido del término “bebida espirituosa”, y por tanto cualquier impulso de entablar una conversación erudita acerca de la calidad del agua tónica generará miradas de recelo y amenazas explícitas; centros culturales en los que en menos tiempo del que se tarda en hojear un tríptico ya queda patente la profunda sima de ignorancia en la que se encuentra cualquier otra ciudad del mundo y, para aquellos que aún conservan un sentido práctico a la hora de ejercer el noble arte de hacer turismo, los eternos Buckingham Palace, admirado desde la distancia que toda monarquía que se precie debería mantener con el populacho, y la Torre de Londres, donde con no poco esfuerzo puede uno rememorar las atracciones del pasado antes mencionadas. Muchas relaciones sentimentales de todas partes del globo se han arruinado, o al menos se han planteado serias dudas sobre su futuro, al atravesar la Portcullis Gate mientras se formula con intención jocosa una traducción libre de su denominación. En cualquier caso, a pesar de la riada de gente que visita Londres cada año, son pocos los que conocen la obra de Christopher Wren.
Puritanismo y cabezas rodantes
Christopher Wren (1632-1723) siempre será recordado por el poema más famoso de Edmund ClerihewBentley (1875-1956), a quien esperamos que, dado el sorprendente prestigio de que gozan géneros como elhaiku entre la intelectualidad, alguna gran universidad española no tarde mucho en dedicarle un curso de postgrado; bien al poeta, bien a todo el curioso género del clerihew:
Sir Christopher Wren
Said, “I am going to dine with some men.
If anyone calls
Say I am designing St. Paul’s.”
De esta obra cumbre de la poesía lírica del siglo XX se puede llegar a la conclusión de que Christopher Wren, dado que ostentaba el título de sir, estaba encargado de diseñar lo que parece ser la catedral de San Pablo, y tenía quien se ocupara realmente de llevar a cabo tan grandiosa tarea mientras él consumía las horas cultivando amistades en las profundidades de una taberna, probablemente fuera arquitecto y socio titular de un afamado estudio londinense con cientos de becarios —la auténtica famélica legión— todos requiriendo su firma en proyectos de cuyos cálculos estructurales y sus errores conceptuales se escribirán voluminosos tratados en varios idiomas. Sería una verdad sólo a medias, porque Sir Christopher Wren fue todo eso y mucho más, y por otro lado es justo reconocer que no todos los arquitectos se caracterizan por la maldad que con tanto detalle e insistencia —hasta el punto de constituir la base de más de una asignatura troncal— se describe a partir del primer curso de cualquier escuela de ingeniería civil que aspire a retener algo del prestigio perdido hace ya muchas generaciones.
Christopher Wren nació en 1632 en un pequeño pueblo de la región de Wiltshire en el que hoy viven 600 personas, y no hay testimonio histórico que demuestre que algún día vivieran muchas más. Hijo de un pastor anglicano, fue bautizado con el nombre de un hermano suyo nacido el año anterior y que, siguiendo fielmente la tendencia estadística del momento, falleció pocas horas después de salir del vientre de su madre. A partir de este detalle, que hoy sólo podemos definir como siniestro, somos capaces de certificar la monomanía del padre acerca de la importancia que otorgaba a la presencia de Cristo en el nombre de su primogénito y hacernos una ligera idea de su severidad y del ambiente en el que pasó su infancia este niño enfermizo, débil y desmañado que finalmente alargó su existencia hasta los noventa años en una época en que la esperanza de vida alcanzaba con dificultad los treinta y cinco, siempre que el país no fuera asolado por ninguna epidemia de peste negra o alguna espuria guerra con Francia. Hay quien ve en todos estos hechos la mano de Dios, y no hay por qué contradecirles.
Se sabe poco sobre la educación del adolescente Wren hasta que llegó a Oxford en el verano de 1650 con la intención de adquirir una formación científica. El año anterior la cabeza del infeliz rey Carlos I había rodado por Whitehall una fría mañana de enero, poniendo punto final a la segunda de las tres guerras civiles inglesas que tan difíciles resultan de explicar a los historiadores y de entender a los profanos en historia política y teología. Básicamente, en la década de los 20 Carlos decidió contraer matrimonio con una francesa católica (Enriqueta María, hija de Enrique IV, rey de Francia) algo que hoy en día parece algo sólo un poco más grave que casarse con una divorciada o una presentadora de telediarios, pero que en aquel entonces suponía poner el trono de Inglaterra al alcance de la mefítica mano de ‘la puta de Roma’, y por tanto le convirtió en sospechoso de herejía en un momento en el que le habría resultado necesaria toda su credibilidad divina para llevar a cabo las reformas absolutistas que tenía en mente. El cuadro lo completan varias sectas puritanas sólo distinguibles por la forma geométrica de sus sombreros pero con idéntica afición a alimentar hogueras con carne católica o luciferina, que venía a ser lo mismo; una nobleza poco dispuesta a ejercer de recaudadora de impuestos para un rey con intenciones poco claras y la escasa consideración del hombre de la época para con su propia vida y no digamos la ajena. La consecuencia natural de todo esto, como lo demuestran los siglos anteriores y posteriores, es un preciso golpe de hacha y once años de dominio ultraconservador, cinco de ellos bajo el mandato deOliver Cromwell, universalmente conocido por su carencia de tolerancia hacia las profesiones de fe ajenas y su querencia para saldar las cuentas mediante campañas militares de contrastada brutalidad, especialmente si se encontraba irlandeses saliéndole al encuentro. Cuando finalmente Carlos II recuperó el trono que perdió su padre al mismo tiempo que la cabeza, hacía dos años que una extraña combinación de malaria y piedras en el riñón se llevaron por delante a Cromwell y le quitaron toda oportunidad de saciar su sed de venganza. A pesar de todo exhumó el cuerpo de Cromwell, colgó su cadáver en Tyburn y posteriormente ensartó lo que quedaba de su cabeza en una pica a las puertas de la abadía de Westminter, de donde nadie tuvo la osadía de retirarla hasta pasados catorce años. Que se sepa, nadie esperó jamás que se disculpara por ello, porque así las gastaban los reyes de verdad. Como hemos visto, en aquellos años a nadie se le ocurriría relacionar estos detalles con una negación de la condición humana, y de hecho a Carlos II le gustaba pasar por docto, lo que hoy llamaríamos un intelectual, algo muy semejante a lo que es su quizá epónimo sucesor y actual Príncipe de Gales en Gran Bretaña, o lo que son los tertulianos en España. Y en lugar de patrocinar un centro culinario para darse ínfulas de intelectualidad, que es lo que se pondría de moda 375 años más tarde, dio su visto bueno a la creación de la Royal Society el 28 de noviembre de 1660. Además, mediante la creación de esa sociedad, en la que cabían científicos y filósofos unidos por su curiosidad científica, pero separados por complejísimas disputas políticas y doctrinales, Carlos vislumbró una elegante vía para tender puentes y empezar a unificar a las distintas ramas del protestantismo en la causa común de una sola nación.
Como al padre de Wren, firme partidario de las tesis del arzobispo Laud a favor del libre albedrío y por tanto muy alejado de las inclinaciones calvinistas de otras sectas puritanas como la de Cromwell, le confiaron el puesto de deán de Windsor en 1635, cuando Carlos I aún conservaba una cabeza sobre la que depositar la corona; una vez concluida la guerra civil sus obvias inclinaciones realistas no redundaron en la tranquilidad familiar, y no es difícil hacerse una idea de lo angustiosos que le resultaron los años universitarios a su hijo mientras se peleaba con gruesos tratados de latín y física aristotélica, que 35 años antes de los Principia de Newton constituían la base del conocimiento científico. Antes de dedicarse principalmente a la arquitectura, Wren dedicó su atención a las aplicaciones prácticas de la ciencia y la matemática deductiva, y desarrolló varios inventos y experimentos no del todo faltos de utilidad. Un higrómetro, varios modelos de microscopio, unos fallidos y otros no, un método para escribir dos copias de un documento al mismo tiempo, un escenógrafo, una primitiva bomba de aire — que sería empleada para comprobar cuánto tiempo puede sobrevivir un perro callejero si se le extirpan los pulmones y se le deja abierto en canal conectado a este aparato— diversos artilugios destinados a la medición de constantes atmosféricas, una incubadora (para huevos de gallina), el modelo de un ojo humano basado en el de un caballo, aparejos para la pesca submarina… En su lección inaugural como miembro del Gresham College de Londres, una institución famosa en la época por su dedicación a la matemática aplicada, especialmente aquella destinada facilitar la navegación, el joven Wren dejó bastante claras sus ideas sobre la ‘nueva filosofía’; sobre sus innovaciones, sus fundamentos y sus héroes. Para Wren, las demostraciones matemáticas “al estar construidas sobre los irrefutables fundamentos de la geometría y la aritmética, son las únicas verdades que pueden calar en la mente del hombre, vacías de toda incertidumbre; y todo el resto de discursos son más o menos verdaderos según sus objetos de estudio sean más o menos capaces de ser demostradas matemáticamente”.
Según su punto de vista, la lógica es una parte de las matemáticas, a las que otorga el título aristotélico de ‘instrumento de instrumentos’. Por tanto no es extraño que Wren no haga referencia en su lección inaugural aFrancis Bacon, pero sí resulta sintomático de su personalidad y carácter, pues Bacon era considerado en la época no sólo el padre del empirismo y del método inductivo, sino de la ciencia entera y todo lo que esta pudiera abarcar. Pero la matemática es deductiva y muchas veces intuitiva, especialmente la geometría, y Bacon la desdeñaba. Por eso Wren señala como sus modelos a Copérnico, a Kepler, a William Gilbert y a William Harvey, el inventor de los logaritmos, “un arte genuinamente inglés”. Cricket y logaritmos. Qué más se le puede exigir a una nación que deje como legado a la Humanidad.
Epidemias bajo el signo de la Bestia
Estudiosos salidos de Gresham y Wadham, el colegio universitario donde Wren estudió en Cambridge, formaron el núcleo fundador de la Royal Society, y no es raro por tanto que se encontrara sentado a la mesa principal durante la lección inaugural de la Sociedad. Y mientras dibujaba insectos y disertaba sobre la fisiología de la mosca, mientras diseccionaba cerebros y los reproducía con una exactitud aterradora, mientras divagaba sobre las esferas, la fecha de la Semana Santa y la trayectoria aparentemente rectilínea de los cometas, mientras hacía todo eso al tiempo que trataba de mantener en precario equilibrio un pelucón empolvado sobre la cabeza, empezó, como es natural si se ejercen este tipo de actividades tan dispares y macabras, a desarrollar un interés en la arquitectura que no pasó desapercibido a un ojo tan sagaz como el del rey Carlos, educado en una revolución donde un error de juicio a la hora de valorar las habilidades de un subordinado te puede costar el cuello y lo que este sustenta. De este modo le llegaron los primeros encargos. A dedo, sí. Hay cosas que no cambian. Pero en una época en que las comunidades autónomas y sus aeropuertos desiertos eran una ficción lejana sólo avistada por ciertos profetas ya olvidados, la arquitectura oficial era una actividad menos onerosa de lo que podría esperarse, y Wren se quejaría más tarde a su hijo sobre el flaco favor que le hizo el rey al guiarle por la senda de la arquitectura. En una época previa a la Seguridad Social, pensaba que se habría ganado mejor la vida ejerciendo la medicina. Quizá hubiera sido un gran médico, pero lo que es irrebatible es que de todos los integrantes de la Royal Society sólo él poseía, comprendía y sabía aplicar a la arquitectura la combinación de razón e intuición, de experiencia e imaginación, que resultan esenciales a lo que hoy consideramos genio. El Sheldonian Theatre de Oxford refleja muy bien, entre sus primeros trabajos, su comprensión de las estructuras y del lenguaje clásico de la arquitectura.
Durante gran parte de 1665 y 1666, en un momento que no pudo resultar más oportuno, justo cuando una plaga de peste bubónica que los púlpitos de la época no pudieron dejar de relacionar con el año en que actuó con mayor virulencia terminando con la vida del 20% de la población londinense, todos pecadores, todos culpables, Wren completó su formación en París, donde conoció a los arquitectos François Mansarty Gian Lorenzo Bernini. A su regreso se encontró con una ciudad devastada por el gran incendio de 1666 y su nombramiento como Supervisor General de los Trabajos Reales, un cargo que no era vitalicio sino que dependía del humor cambiante del rey que en ese momento se sentara en el trono. Wren se mantuvo en el puesto casi cuarenta años. En quince días presentó un ambicioso plan para la reconstrucción de la ciudad que, debido a su coste y duración en un momento en que la revitalización del comercio era de la mayor importancia, jamás se pudo aplicar, y aún se pueden escuchar discusiones lamentándolo en las tabernas menos globalizadas de Whitehall, e incluso en alguna de Islington. Se tuvo que conformar con la reconstrucción de más de cincuenta iglesias y la de la catedral de San Pablo; un trabajo por el que, incluso dejando a un lado espléndidas muestras aisladas de arquitectura profana como el Royal Observatory de Greenwich y la Biblioteca del Trinity College de Oxford, debería ser mucho más conocido de lo que es.
La Administración no paga a traidores. Ni a leales
El total de las iglesias diseñadas por Wren en Londres no se puede precisar con exactitud; mientras en algunas tan sólo se encargó de gestionar los fondos necesarios para su reparación, en otras la reconstrucción recayó totalmente en sus manos. De las aproximadamente cincuenta que se le suelen atribuir, St. Clemens Danes, St Anne’s Soho y St. James’ Piccadilly se encuentran en Westminster y no tienen conexión con el incendio al que Wren tanto debía. Tanto, que trató de saldar su deuda con el destino erigiendo junto a Robert Hooke —el señor de la constante que tantas noches de desvelo ha ocasionado a los estudiantes de Mecánica de los últimos tres siglos— una columna de 62 metros de altitud, situada en el lado norte del London Bridge, que la sabiduría popular no tardo en bautizar como The Monument. Porque fue el efecto devastador del fuego lo que le dio la oportunidad de levantar los templos teniendo en cuenta la liturgia protestante del Book of Common Prayer de 1662, de proclamar la fe reformista mediante un estilo moderno de arquitectura, si bien basado en los principios clásicos. Quizás sea St. James’s Piccadilly el mejor ejemplo de la arquitectura religiosa de Wren, el más significativo aparte de la catedral de San Pablo. La funcionalidad era el principio que le guiaba a la hora de diseñar un edificio; es un fundamento que todos los arquitectos del mundo dicen respetar, si bien muchas veces resulta difícil discernir lo que significa para cada uno de ellos sin correr peligro de desarrollar varios tipos de demencia, muchas veces considerados incompatibles entre sí y algunos desconocidos incluso para reputados equipos de psiquiatras suizos. En los diseños de Wren se escuchan perfectamente y desde todos los rincones las admoniciones o alabanzas lanzadas desde el púlpito y también la liturgia celebrada en la mesa comunal, que se debe resaltar de un modo decoroso, pero no dramático. Los soportes interiores son escasos y esbeltos. Grandes ventanales proporcionan abundante luz y las galerías en tres lados desahogan y aumentan el aforo. Las iglesias más grandes de Wren, aquellas que pudo elevar en espacios abiertos, siguen este patrón, aunque no hay dos que sean idénticas. En otros casos, la dificultad planteada por el emplazamiento no hizo sino agudizar la inventiva del arquitecto; a menudo aprovechó antiguos cimientos a costa de conservar la pureza geométrica. Así, algunas son simples salas rectangulares o casi rectangulares (St. Edmund the King, Lombard Street), otras constan de un solo pasillo, algunas veces con una galería (St Margaret, Lothbury) y en St Stephen Walbrook, una de sus mejores obras, la más compleja espacialmente y en la que muestra una geometría más pura, una cúpula coincide con el centro de una pequeña cruz latina inscrita en un rectángulo. Parece sencillo, y por eso es brillante.
La catedral de San Pablo siempre ha sido la piedra de toque por la que se ha juzgado la obra de Wren. Su construcción centraría la mayor parte de sus esfuerzos entre 1675, cuando se colocó la primera piedra sobre las ruinas de la antigua catedral, y 1711, cuando las obras se dieron por finalizadas. Antes presentó varios proyectos plasmados en planos y maquetas que por sí solas ya merecerían un lugar en la historia del arte, y que serían sucesivamente rechazadas por el deán de la catedral y el mismo rey, siempre influidos por malvados comités de cuya función específica nadie podía dar cuenta con exactitud. Algo muy similar a lo que sigue ocurriendo hoy día. Finalmente presentó una maqueta descomunal que reflejaba las exigencias de sus superiores y después, con una habilidad para la manipulación y la intriga típica de los científicos, sin duda perfeccionadas por su pertenencia a la Royal Society, y sembrando uno de los principios básicos en las relaciones entre la propiedad y la dirección facultativa que han perdurado hasta hoy mismo, ejecutó el proyecto como mejor le pareció. Como consecuencia, de los honorarios que el parlamento le tenía retenido desde hacía 14 años tan sólo recibió la mitad y una completa gama de acusaciones de fraude y otras irregularidades demasiado adulteradas como para ser reproducidas aquí sin desatar la furia divina.
A pesar de las críticas adversas que ha recibido desde siempre, muchas basadas en que no cumplía la idea establecida de lo que debería ser una catedral protestante, debido sobre todo a su blasfemo parecido con la catedral de San Pedro en el Vaticano, San Pablo es la obra maestra de Wren. La Historia se ha encargado de revalorizarla en cierta manera; desde la Segunda Guerra Mundial, los edificios que la rodean han crecido en altura, y la catedral ya no se levanta orgullosa y provocadoramente como antaño. Sin embargo hoy se puede contemplar como un todo de una manera que Wren nunca pudo imaginar cuando la diseñó para ser levantada en un entorno que seguía las directrices medievales de ciudades como Rouen o Florencia. Hoy, sobre todo tras las obras de restauración, la catedral ha recuperado claridad y equilibrio; cada pieza encaja en un conjunto visual que en parte representa y en parte expresa la estructura material de masa y apoyo.
Decía Chesterton que viajar abre la mente, sí, pero que para ello se debe tener más mente. Algo así nos pasa hoy en día, cuando recorremos miles de kilómetros para postrarnos delante de una mezquita de barro perdida en un arrabal del Yemen mientras ignoramos las grandezas que tenemos al alcance de la mano. Christopher Wren está enterrado en la catedral de San Pablo; en una modesta losa de mármol su hijo, un Christopher más que añadir a la saga, hizo grabar unas precisas instrucciones que todo habitante, visitante, turista y más que nadie todos los viajeros del mundo deberían tomar más en serio. No es tan difícil.
Aquí en sus cimientos yace el arquitecto de esta iglesia y esta ciudad, Christopher Wren, quien vivió más de noventa años no en su propio beneficio, sino dedicado al bien público. Lector, si buscas su monumento, mira a tu alrededor. Murió el 25 de Febrero de 1723, edad 91 años”.
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Magnífico trabajo de Fernando Olalquiaga, con fotografías de Miguel Martínez Ferreira, en la revista Jot Down.
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Música en las películas de Julia Roberts ¿POR QUÉ?

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¿Por qué siempre que ponen alguna canción de las películas de Julia Roberts eligen Brown Eyed Girl, de Van Morrison, de la película Durmiendo con su enemigo?
¿Por qué?

¿Por qué no ponen Fallen , de Lauren Wood, que se oía en Pretty Woman?
¿Por qué?
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Y eso que a mí me gusta Van Morrison, pero con esa película no puedo.
Puedes escuchar completa una versión magnífica de Fallen AQUÍ.
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