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lunes, 16 de septiembre de 2013

Javier Cercas ayer en EL PAÍS

Democracia y derecho a decidir 

Es posible que en los últimos tiempos estemos viviendo en Cataluña una suerte de totalitarismo soft; o, por usar de nuevo el término de Pierre Vilar, una suerte de “unanimismo”: la ilusión de unanimidad creada por el temor a expresar la disidencia. El instrumento de esta concordia ficticia no es la violencia, sino el llamado derecho a decidir: quien está en favor del derecho a decidir no es sólo un buen catalán, sino también un auténtico demócrata; quien está en contra no es sólo un mal catalán, sino también un antidemócrata. Así las cosas, es natural que, salvo quienes sacan un rédito de ello, en Cataluña casi nadie se atreva a dudar en público de un derecho fantasmal que no ha sido argumentado, hasta donde alcanzo, por ningún teórico, ni reconocido en ningún ordenamiento jurídico; también es natural que nadie se resuelva a decir que, aunque parezca lo contrario, no hay nada menos democrático que el derecho a decidir. O, dicho de otro modo: ahora mismo, el verdadero problema en Cataluña no es una hipotética independencia, sino el derecho a decidir. Me explico. En democracia no existe el derecho a decidir sobre lo que uno quiere, indiscriminadamente. Yo no tengo derecho a decidir si me paro ante un semáforo en rojo o no: tengo que pararme. Yo no tengo derecho a decidir si pago impuestos o no: tengo que pagarlos. ¿Significa esto que en democracia no es posible decidir? No: significa que, aunque decidimos a menudo (en elecciones municipales, autonómicas y estatales), la democracia consiste en decidir dentro de la ley, concepto este que, en democracia, no es una broma, sino la única defensa de los débiles frente a los poderosos y la única garantía de que una minoría no se impondrá a la mayoría. Ahora bien, es evidente que, con la ley actual en la mano, los catalanes no podemos decidir por nuestra cuenta si queremos la independencia, porque la Constitución dice que la soberanía reside en el conjunto del pueblo español (cosa nada rara: salvo la de la extinta Unión Soviética, que yo sepa, ninguna constitución ha reconocido jamás el derecho de que una parte del Estado se separe por su cuenta del resto). ¿Significa esto que los catalanes no tenemos derecho a decidir sobre nuestra independencia? A mi juicio, tampoco: si una mayoría clara e inequívoca de catalanes quiere la independencia, parece más sensato concedérsela que negársela, porque es muy peligroso, y a la larga imposible, obligar a alguien a estar donde no quiere estar. La pregunta se impone: ¿existe esa mayoría? Los partidarios del derecho a decidir sostienen que precisamente para eso, para saber si existe, es indispensable un referéndum (en este asunto, las encuestas no sirven, como comprobamos en las anteriores elecciones); pero, antes de usar ese recurso excepcional e imprevisible, cualquier político honesto y prudente usaría el recurso previsto por la ley: las elecciones. Quiero decir: unas elecciones en las que todos los partidos declaren, clara e inequívocamente, su posición sobre la independencia. En las últimas, los partidos inequívocamente independentistas (ERC más CUP) sumaron 24 diputados de 135: apenas un 17%. ¿Cuántos diputados sumarían los independentistas si en unas futuras elecciones el resto de partidos dijera con claridad si quiere la independencia o no? Eso es lo que deberíamos saber antes de tomar la vía azarosa del referéndum: si hay una mayoría de partidarios de la independencia, habrá que celebrar un referéndum; si no la hay, no. Es dudoso que vayamos a tener una respuesta a la anterior pregunta, porque CiU sabe que si defiende la independencia en unas elecciones, las perderá (y antes se habrá roto por dentro: aún no sabemos si Convergència es independentista, pero sí sabemos que Unió no lo es), así que seguirá sin decir la verdad a sus electores; en cuanto a la izquierda, todo indica que seguirá atrapada en la telaraña ideológica que le ha tejido CiU –de ahí que acepte el derecho a decidir–, cavando su propia tumba y minando la democracia. No veo otra forma de decirlo: se puede ser demócrata y estar a favor de la independencia, pero no se puede ser demócrata y estar a favor del derecho a decidir, porque el derecho a decidir no es más que una argucia conceptual, un engaño urdido por una minoría para imponer su voluntad a la mayoría.

Por si hay algún mal pensado, no leo EL PAÍS, siempre me ha parecido un periódico aburrido, hipócrita... y más cosas.
Este artículo lo he leído gracias a que alguien lo enlazó ayer en Twitter.

lunes, 8 de julio de 2013

Educación: cambiarlo todo para que todo siga igual


Educación: cambiarlo todo para que todo siga igual

Uno de los rituales más castizos de nuestra democracia es la enésima reforma educativa (siete en 35 años: 1980, 1985, 1992, 1995, 2002, 2006 y 2013). La ceremonia comienza con una propuesta de ley del partido mayoritario elaborada sin consenso con la oposición. Tras ella, se sigue con la pelea sobre la clase de religión y se culmina con el tira y afloja sobre las competencias autonómicas. De lo que casi no se habla es del contenido de la educación: ¿qué y cómo deben aprender los estudiantes para ser capaces de competir en el mundo en el que crecerán?
Este ritual se ha repetido de nuevo con la ley Wert. La ley tiene elementos positivos y que hemos defendido desde aquí y desde nuestro blog, NadaEsGratis. Por ejemplo, intenta reducir el abandono escolar temprano y aumentar la importancia de las matemáticas y la ciencia. Pero no incide en la cuestión clave: el protagonismo de la memorización y la rutina como método educativo.
La educación en España enfatiza la memoria, la repetición de tareas, la actitud pasiva del estudiante y la “dificultad” como un objetivo en sí mismo. Décadas de reformas y contrarreformas apenas han sido un barniz sobre este macizo pétreo del sistema. El resultado final es tristemente claro. Demasiados estudiantes españoles no saben construir un argumento, escribir, presentar en público o analizar datos. Cuando llegan a universidades extranjeras, buscan los apuntes y preguntan qué “entra” y qué “no entra” en el examen. No saben (nosotros tampoco sabíamos) hacer trabajos, leer artículos académicos, investigar con sus propios datos y llegar a conclusiones originales. Incluso los mejores estudiantes sufren de un bajo nivel de inglés y mínima iniciativa propia en el proceso de aprendizaje. Aquellos que se consuelan con el éxito de algunos de nuestros estudiantes en el extranjero (algo que, afortunadamente, ocurre cada vez más a menudo) quizá deberían preguntarse cuántos alemanes, italianos o franceses triunfan en similares situaciones por cada español al que le va bien.
Parte del problema es de medios: la educación nunca ha disfrutado en España del apoyo suficiente. Formar estudiantes creativos es más costoso que dictar apuntes. Los actuales recortes agravarán aún más la situación y ponen en peligro los muchos centros de excelencia que, a pesar de todo, han ido surgiendo en España en las tres últimas décadas.
Pero otra parte muy considerable del problema es de mentalidades. Cuando uno mira lo que estudian los niños, ve grandes listas de ríos y, año tras año, la misma historia de los fenicios que ya memorizaron en el curso anterior. Cuando se comparan estos materiales con los que se cubren en nuestros vecinos del norte de Europa, mucho más centrados en el desarrollo de habilidades analíticas, la sorpresa es significativa. Todavía se puede escuchar a profesores de universidad presumir de que en su asignatura solo aprueban el 10% de los estudiantes, lo cual, más allá de las inseguridades infantiles que tales afirmaciones reflejan, nos preocupa por el desperdicio de horas y recursos que tal práctica acarrea. Finalmente, en la cima del sistema, la selección de los altos funcionarios de las Administraciones públicas se realiza por medio de un sistema de oposiciones decimonónico donde es más importante memorizar oscuros detalles de derecho administrativo que demostrar la habilidad para contrastar hipótesis o resolver problemas.
Los rectores, supervivientes de procesos electorales demenciales, constituyen uno de los grupos de presión más reaccionarios del país
En definitiva, el sistema de aprendizaje, “repite lo que te he dicho y no cambies ni una coma”, es digno de una sociedad jerárquica en la que el saber viene de arriba y hay que “aprendérselo” todo (quizá esto explique la obsesión de unos y otros por controlar la educación para crear “adeptos”). Pero no de una sociedad donde la información está descentralizada y donde todos pueden disponer de ella y tenemos que ser capaces de encontrarla y analizarla.
Lo grave de nuestra situación es que estas mentalidades son mucho más complejas de cambiar que las carencias presupuestarias. La dificultad es que el sistema ha seleccionado para encabezar España a aquellos que mejor se han adaptado a él. Cuando explicamos a un economista (empecemos con nuestra profesión) que el grado de Economía no debe ser la acumulación de asignaturas de los más variados campos de la economía —aderezadas con Derecho y Administración de Empresas para rellenar—, sino el proceso de aprender a realizar un trabajo de investigación propio, llegando a conclusiones novedosas, se nos responde que eso no sirve para nada y que en todo caso no es lo que quieren los estudiantes. Y sí, desgraciadamente, es cierto: lo que los estudiantes exigen es que les den “los apuntes” para poderlos fotocopiar, memorizarlos y olvidarse de ellos lo más rápidamente posible. Cuando argumentamos con un ingeniero que son mejores carreras cortas, más generalistas, y que el éxito de una escuela técnica no se mide por el número de suspensos en Cálculo de primero de grado, sino en la cantidad de googles o facebooks que han creado sus alumnos, la respuesta suele ser que tales cambios “devalúan” el título (en qué consiste la “devaluación” nunca queda terriblemente claro, excepto como barrera de entrada a la profesión). Cuando tratamos de convencer a un alto funcionario de que pasarse tres años preparando una oposición no es la mejor manera de emplear el tiempo y que sistemas de selección como el británico, mucho más cortos, sencillos y basados en habilidades, se nos replica, por ejemplo, que cómo pretendemos dar una plaza de por vida a alguien que no “se ha sacrificado por ella”, respuesta fascinante desde el punto de vista antropológico, pero carente de sentido.
En consecuencia, aquellos que pueden y deberían cambiar la educación en España nunca han tenido demasiado interés en ello. Sin ir más lejos, la adopción de los planes de Bolonia fue una fantástica oportunidad perdida para ir a grados de tres años. Pero no solo son los gobernantes. Excepto en el ámbito de la dirección de empresas, las universidades privadas que ha creado la sociedad civil desde 1993 han sido decepcionantes.
Este bucle malvado se extiende como un tumor maligno y lo invade todo. La unánime reacción reciente contra los cambios en el sistema de becas solo se entiende cuando se recuerda que, por ejemplo, en las ingenierías, a menudo, se suspende a los estudiantes para demostrar no se sabe muy bien qué. Los profesores de enseñanza primaria, secundaria o terciaria desconfían de cualquier iniciativa que suponga sacarles de la manera en la que han enseñado “desde siempre” y defienden medidas como la antigüedad en el puesto para asignar plazas. Los rectores, supervivientes de procesos electorales demenciales, constituyen uno de los grupos de presión más reaccionarios del país. Los partidos, temerosos de protestas sin fin, prefieren hablar de la clase de religión como un mecanismo de movilización de sus electorados mientras los medios de comunicación acuden fascinados a reportar tales luchas.
Los que quedan abandonados en estas andanzas son, tristemente, las nuevas generaciones, que no reciben la formación necesaria y con ello hacen peligrar el futuro de España. Algunos, quizá muchos, sobrevivirán, fruto de su perseverancia o de la suerte de tener recursos financieros familiares que les permitan suplementar las carencias del sistema. Pero muchos otros, demasiados bajo cualquier métrica, se perderán en la cuneta. Esto es inaceptable. 
Jesús Fernández-Villaverde es catedrático de Economía de la Universidad de Pensilvania y miembro de FEDEA. Luis Garicano es catedrático de Economía y Estrategia en la London School of Economics y miembro de FEDEA.

¡Halaaaaa! Un artículo de EL PAÍS en este blog, qué fuerte.

viernes, 22 de marzo de 2013

¡Qué malas personas!


Me entero por Begoña Gómez Urzaiz, en el suplemento de EL PAÍS que son una legión los que odian a Anne Hathaway.
¡Gentuza!
Ya tienen hasta nombre: los Hathahaters. Se conoce así a la gente que detesta a Anne Hathaway y que forma un grupo creciente al que no le importa que la actriz haya ganado el Oscar a la Mejor actriz de reparto. Casi peor. Desde que tiene el Oscar, la odian más. 
La actriz de Les Misérables ha sustituido a Gwyneth Paltrow en el ranking oficioso de actriz más vilipendiada en internet. Paltrow es especialista en decir lo que no toca (por ejemplo, utilizar la palabra "nigger" en Twitter para presumir de credenciales hiphoperas y de amistad con Jay-Z) y acumula suscriptores a la newsletter de su web, Goop, que esperan ese mail semanal para volver a poner los ojos en blanco. Cuando no está recomendando dudosos planes detox, está vendiendo pantalones de chándal de 290 dólares, todo lo cual deleita a sus enemigos.
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Lo dicho, gentuza.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Artículo de Savater hoy en EL PAÍS


Faena de aliño

Ya es hora de que la España progresista tenga voz política en el País Vasco


En la pasada Semana Grande donostiarra, la primera diseñada por el equipo municipal de Bildu, la apuesta central y más innovadora era el concurso de ensaladas con productos autóctonos, puesta en práctica festiva de la “soberanía alimentaria” que la coalición lleva en su programa. La competición estaba abierta a parejas jóvenes y atrajo ni más ni menos que a ocho, es decir, una respetable multitud de 16 personas. No sé quienes se alzaron con el triunfo, pero estoy seguro de que el jurado tuvo la deliberación difícil entre tan excelentes obras de arte vegetales. Por esos mismos días, en la plaza de Illumbe se celebró la habitual feria taurina, que atrajo como todos los años a varios miles de personas. En vista de lo cual y atendiendo al sentir popular, el alcalde ha decidido suprimir las corridas de toros y perpetuar los concursos de ensaladas.
No voy a entrar de nuevo en el debate en torno a la fiesta taurina. Sabemos que cuenta con adversarios elocuentes y algunos reinsertados de última hora, como prueba el reciente artículo de Ferlosio publicado aquí mismo (aunque, por ser a contraestilo, el resultado de estepentimento recuerda un poco al eccehomo de Borja). Y por supuesto aún menos entraré en si se trata de una fiesta “española” o “vasca”, como si lo uno se opusiera a lo otro, resistiéndome a mencionar tantos apellidos vascos con olor a dehesa que se me vienen a la cabeza (por ejemplo “Miura”, ¿les suena?). Además, dado que el surf viene del Pacífico, los fuegos artificiales de China y las alubias de Centroamérica, suprimir todo lo que no tiene origen vasco empobrecería definitivamente la Aste Nagusia. De modo que abandonemos por ahora los toros a su suerte: si sobreviven a Adrien Brody haciendo de Manolete, es que ya nada puede acabar con la fiesta.
Por lo visto la mala salud da derecho no solo a cuidados médicos sino a la libertad
Pero lo ocurrido este verano en Donosti me parece una metáfora de lo que ha conseguido el radicalismo nacionalista en Euskadi y de lo que espera conseguir. Primero, los modos. El Parlamento catalán abolió las corridas tras un debate, todo lo trucado que se quiera, pero en el que se cubrieron las apariencias. En cambio, el alcalde de San Sebastián, por sí y ante sí, ha decidido que un espacio público construido para coso taurino sea dedicado a partir de ahora al baloncesto, los conciertos, las ensaladas o lo que él quiera. No ha cometido el error de su colega de Cestona, también de Bildu, que hizo un referéndum en la localidad sobre la supresión de las corridas y obtuvo una respuesta negativa de los ciudadanos, incluidos muchos votantes de Bildu. “Le está bien empleado, por preguntar”, debió pensar el alcalde donostiarra. Cuando uno ya sabe lo que la gente debe querer, ¿para qué perder el tiempo preguntándoselo y darles así la oportunidad de equivocarse? Lo que hay que hacer es “normalizar” la vida común, es decir, que la gente deje de empeñarse en sus gustos retrógrados y españolistas, en elegir la lengua que prefiere hablar o en la que quiere educar a sus hijos, en los triunfos deportivos que celebra o en los símbolos que exhibe y se aficione a la ensalada aliñada al gusto abertzale, aunque esa norma se la impongan 16 a 10.000 o a 100.000. Es lo que la señora Mintegi, candidata a lehendakari por Bildu, llama “su talante democrático”.
Para eso han servido los años de domesticación a sangre y fuego que los etarras —herederos en los métodos y en gran parte de los modelos ideológicos de la dictadura franquista— han impuesto a nuestra sociedad. Para que sus conmilitones ocupen el espacio público, por pocos que sean, y los demás, los muchos más demás, rezonguen pero no se atrevan a hacerse visibles. Bien claro ha quedado durante las concentraciones frente al hospital en que estaba internado Bolinaga: podían ser sólo 40 ó 50, aunque los demás pesaban menos —fuesen cuantos fuesen— porque no se atrevían a salir de casa. Y lo mismo ha ocurrido con la disciplinada manifestación exigiendo la liberación de los presos enfermos, pues por lo visto la mala salud da derecho no solo a cuidados médicos sino a la libertad. Con que sean 2.000 los que protestan ya se convierten en la totalidad del pueblo vasco, porque nadie va a disputarles la calle. Pero es que, además, han logrado imponer su lenguaje incluso a quienes se sienten alejados de sus planteamientos ideológicos: estamos en un “proceso de paz”, un “tiempo nuevo”, todos debemos “dar pasos en la buena dirección”, deben respetarse los derechos humanos conculcados de los “presos políticos” y acabar con la política penitenciaria “represiva” (debe haber otra con fines lúdicos o algo así), hay que denunciar “el resentimiento” y “las ansias de venganza” de ciertas víctimas, etc… Se habla mucho de construir el relato colectivo de la memoria, que vaya usted a saber lo que es, pero no se recuerda suficientemente que los pasos en la buena dirección para acabar con la violencia y el enfrentamiento civil los dieron ya hace 35 años la mayoría de los españoles, salvo los etarras y sus servicios auxiliares. Que siguen sin darlos, pero reclamándolos a los demás.
Los socialistas vascos sólo parecen esforzarse en poner sordina o retrasar los avances del nacionalismo
Y eso no lo ha remediado, lamentablemente, el gobierno socialista en la CAV, apoyado por el PP vasco, que tantos acogimos con gran esperanza y que yo aún sigo pensando que —al menos en sus comienzos— supuso un esbozo de progreso aunque fuera insuficiente. Como en otras ocasiones pasadas, los socialistas vascos sólo parecen esforzarse en poner sordina o retrasar los avances del nacionalismo, pero sin plantear realmente un modelo alternativo. Ofrecen los mismos platos identitarios que los nacionalistas, aunque en raciones de menú infantil. Eso debe ser el nacionalismo no sabiniano de Egiguren, que a los no nacionalistas nos gusta tan poco como el otro y a los nacionalistas, claro, mucho menos que el suyo… como temo que se verá en las próximas elecciones. Se dice que hay que evitar el enfrentamiento dentro de la comunidad, pero no veo por qué para convivir sin violencia es preciso que quienes creen que los vascos formamos parte de una España plural pero unida atenúen o enmascaren su forma de pensar hasta hacerla casi clandestina. O deban aceptar junto a su filiación española medidas políticas reaccionarias en materia de educación, aborto, economía, etc… Ya es hora de que la España progresista tenga voz política en el País Vasco sin renunciar ni al progresismo ni a España.
Sin embargo, todo parece indicar que los gestores de la herencia de ETA van a seguir cada vez más activos, mientras gran parte de la sociedad se resigna como antes a una invisibilidad permanente, sea por miedo retrospectivo, pereza, oportunismo o resignación. Lo malo no es que haya o no haya toros, sino que muchos debamos acabar aliñando esa ensalada que no nos gusta pero de la que tendremos que comer luego, nos apetezca o no. Menuda faena.
Fernando Savater es escritor.
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Hay que leerlo y no olvidarlo.
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sábado, 4 de agosto de 2012

Despacito y con buena letra

Los alemanes dieron el grito de alarma: la caligrafía que alimentó la poesía de Rilke perece a mano de los ordenadores y los teléfonos inteligentes. Un estudio que citaba el diario Bild afirmaba que “uno de cada tres adultos no ha escrito nada a mano en los últimos seis meses”. A la pereza manual contribuye que un 79% de los hogares alemanes dispone de ordenador y que la venta de móviles ya es una estadística imparable. 

Escribir a mano es bueno para el cerebro, dicen los expertos. En medio de aquella alarma alemana, un eminente psiquiatra, Manfred Pitzer, comentó que “la escritura es fundamental para fomentar la coordinación y las habilidades manuales”. Y su ejercicio periódico resulta esencial para la actividad cerebral. 

Al tiempo que se producía esa alarma en Alemania, un periodista, Luis Martín, de EL PAÍS, realizaba una curiosa encuesta entre los seleccionados españoles que disputaban la Eurocopa. Entre las preguntas, Martín inquiría a cada uno de los futbolistas qué tal andaban de caligrafía. Extrañaba la pregunta, en un universo que cada vez se aleja más de la escritura básica, sustituida en todo el mundo por la amañada perfección de la industria. Luis incluyó esa pregunta en su excéntrico cuestionario porque su abuelo, el zapatero José Martín Díaz de Losada, solía decirle: “Tú que tienes buena letra, vete a comprar el vino”.
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Interesante artículo de Juan Cruz en EL PAÍS del míércoles, compartido por Cuadernos Rubio.
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martes, 17 de julio de 2012

Usted ya no lee ni escribe como antes

Interesante artículo de Antonio Fraguas en EL PAÍS de hoy sobre el mundo digital, los hábitos de lectura y escritura y el cambio del rol de escritor.
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miércoles, 4 de abril de 2012

Antonio Fraguas, Forges, sobre Mingote

Último trazo del maestro del humor 
Antonio Fraguas - Madrid 03-04-2012 


En un país tan acostumbrado a las trincheras, la muerte del humorista Antonio Mingote, fallecido ayer en Madrid a los 93 años, supone la desaparición de una de las pocas personalidades que se fajó en el perdido arte de tender puentes. Con el arma de la ternura, el dibujante, novelista y académico de la lengua, supo poner ante los ojos de los pudientes realidades que estos no querían ver. Su trabajo consistía, según dijo en una ocasión, en razonar hasta más allá de lo razonable. Despojar de la hojarasca que envuelve las cosas hasta hacerlas cómicas. 


El lamento de sus compañeros de profesión se dejó sentir ayer unánime. José María Pérez, Peridis, destacó sus valores personales, su tolerancia y caballerosidad: Es el humorista que más ha cohesionado este gremio. Conectó la generación de la posguerra con la de la Transición. 


Fue tras la contienda y después de pasar por la Academia Militar de Guadalajara y la Universidad de Zaragoza (su familia era de origen aragonés) cuando Ángel Antonio Mingote Barrachina (Sitges, 1919) se trasladó a vivir a Madrid, ciudad de la que llegó a convertirse en ilustre vecino. Tanto, que en los ochenta el regidor Enrique Tierno Galván le nombró alcalde honorario del Retiro. En los Jardines de Cecilio Rodríguez de este parque por el que tantas veces paseó Mingote (llegó incluso a vestirse de guarda del mismo) fue instalada ayer la capilla ardiente que permanecerá abierta hasta las siete de esta tarde. 


En Madrid pintó fachadas, grabó placas, diseñó vestuarios y, en definitiva, dejó su impronta en mil superficies. Su estilo ha llegado a ser un rasgo inequívoco de lo castizo, a la altura de Arniches o Jardiel Poncela. De esta ciudad extrajo además sus personajes. Galanes, criadas, mozos de cuerda, damas de la burguesía y, especialmente, los pobres: unos desharrapados de incansable lucidez. El retrato de este paisanaje es calificado por sus colegas como magistral. Era un hombre limpio, como la línea de su dibujo, señala Julio Rey (de Gallego & Rey). 


Además, en Madrid, forjó amistad con el guionista Rafael Azcona (fallecido en 2008). Si Mingote no se hizo de derechas del todo fue por Azcona, y si Azcona no se hizo completamente de izquierdas, fue por Mingote, apunta el cineasta José Luis García Sánchez, cuyo filme Los muertos no se tocan, nene (2011) tiene cartel de Mingote y está basado en una novela de Azcona. 


El humorista logró acercar posturas a fuerza de dar ejemplo. Es cierto que su carrera no se entiende sin el diario Abc, cabecera monárquica y conservadora en la que entró en 1953 y para la que realizó infinidad de primeras páginas (un raro fenómeno periodístico). También es cierto que, entre las muchas distinciones que recibió (entre otras, el premio Quevedos en 1998 y el título de Marqués de Daroca, en 2011), le fue otorgada la orden de Isabel la Católica en pleno régimen franquista. Esto no supuso una mengua en el cariño entre quienes lo trataron en persona o supieron dejar hablar a sus viñetas. 


Cuando le conocimos y vimos lo humilde que era nos dimos cuenta de que estábamos ante un genio, afirma Pachi, de Idígoras y Pachi, quien descubrió la abundante obra de Mingote (una veintena de volúmenes, entre ellos una edición ilustrada de El Quijote que tardó dos años en culminar) con el libro Hombre solo. Nos cambió la forma de pensar y de dibujar. Nos hizo querer dedicarnos a esto. Lo mismo le pasó al dibujante Ricardo: Mingote era el padre de todos nosotros.
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Jesús Maraña (@jesusmarana)
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Amistades que marcan vidas e ideologías. J.L. García Sánchez define la de Mingote y Azcona.
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A través de Twitter el ex-director de Público nos permite leer el homenaje de Antonio Fraguas Forges a Antonio Mingote.
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viernes, 23 de marzo de 2012

Una periodista "periodistada"


Gracias a Mario Noya me he enterado de esta entrevista a Soledad Gallego-Díaz, que parece ser una institución en el periodismo, pero a quien yo no conocía. Es lo que tiene no leer EL PAÍS
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Me parece una entrevista interesante, hay cosas en las que estoy de acuerdo con ella y en otras no, lo que me ha llamado la atención es que la entrevista consta de 106 preguntas, que en un periódico de papel daría para 2 ó 3 páginas. (Ya sé que ahora no hay que poner tilde en la "o" entre números, pero para una cosa que aprendí en el colé no voy a cambiar ahora).

Por cierto, la entrevista aparece en un magazine de internet: Jotdown.
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Soledad Gallego-Díaz: “El País no es un periódico de izquierdas; nunca lo ha sido y nunca ha pretendido serlo”
Posted by E.J. Rodríguez
Soledad Gallego-Díaz es una de las figuras decanas, de referencia, del periodismo español. Lleva más de tres décadas en el diario El País, del que fue directora adjunta —en su día declinó el ofrecimiento de hacerse cargo de la Dirección del periódico— y donde podemos leer sus columnas. Además de haber ejercido entre otras cosas como corresponsal en diversas partes del mundo, desde Argentina a Bruselas, pasando por París, Londres, etc. Nos encontramos con la periodista en el hotel Alcalá Norte de Madrid, y dado su profundo conocimiento del oficio y el importante papel que ha desempeñado en un medio tan relevante a nivel nacional no podíamos dejar pasar la oportunidad de recabar sus opiniones, pensamientos, experiencias y recuerdos en torno al mundo de la prensa. Esta es la conversación que mantuvimos con ella… una disección del periodismo, sus mecanismos, sus verdades y mentiras, sus principios morales, sus mitos, sus polémicas y confusiones, sus diferentes modos de investigar y escribir, además de tratar algunos otros asuntos de índole política y social. 
Has afirmado alguna vez que no hace falta estudiar una carrera para ejercer el periodismo.
Estoy completamente convencida.
¿Esto ha levantado alguna ampolla?
¡Huy! Sí. Cada vez que se me ocurre decir eso en una facultad de periodismo, me quieren matar. Comprendo que la gente que está estudiando periodismo se sienta… pero es que el periodismo, sinceramente, no es una carrera universitaria. No contiene conocimientos teóricos suficientes para justificar cinco años de estudios. No es verdad. ¿Conviene que los periodistas sepan sociología? Estupendo. ¿Conviene que los periodistas sepan tocar el piano? Fantástico. Todo lo que sea añadir conocimientos me parece muy bien, pero no existen materias específicas de periodismo. Me parece bien que los periodistas tengan una carrera universitaria, en el sentido de la universidad les da una manera de enfocar los problemas, exige una manera de trabajar seria y sólida… en general. Pero eso te lo exige también la facultad de ciencias exactas, te lo exige la de sociología, etc.
¿Crees que es un oficio que se aprende sobre la marcha, básicamente?
Se convirtió en carrera universitaria porque los periodistas teníamos complejo de no ser universitarios. Y como queríamos ser universitarios…
Por “titulitis”, vamos.
Nos inventamos esa carrera simplemente para darnos el gusto de tener un título universitario.
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El resto de la entrevista se puede seguir AQUÍ.
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domingo, 18 de marzo de 2012

Sobre traducciones de libros

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Este artículo de Virginia Collera publicado ayer en EL PAÍS sobre las traducciones de libros me parece muy interesante.
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