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sábado, 8 de junio de 2013

Libro: La tercera virgen


La tercera virgen
Dans les bois éternels
Fred Vargas
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Traducción de Anne-Hélène Suárez Girard
Diseño de portada: María Pérez-Aguilera
Imagen de portada: Fantasma creado por la doble exposición de una figura humana cubierta con velos @ Topfoto / Alinari Archives, Florencia
Edita Punto de lectura
1ª edición: octubre de 2010
479 páginas
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El fantasma de una monja del siglo XVIII que degollaba a sus víctimas, cadáveres de vírgenes profanados, pociones mágicas que aseguran la vida eterna, un rival del pasado más lejano que habla en verso... Con todo esto se encontrará el comisario Adamsberg en esta inquietante y negrísima novela de Fred Vargas. La resolución de este complicado puzzle podría volver loco a cualquiera, pero no a Adamsberg. El comisario conseguirá descubrir la verdad, aunque ello le cueste no la razón sino el corazón.
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Nuevo caso del comisario Adamsberg y una muestra más de originalidad de la autora.
Muy recomendable.

Y también es recomendable ver el vídeo con algunas reflexiones interesantes de Fred Vargas sobre la novela negra.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Libro: El hombre de los círculos azules

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El hombre de los círculos azules
L'homme aux cercles bleus
Fred Vargas
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Traducción de Helena del Amo
Edita Siruela

149 páginas
Edición electrónica
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«Victor, mala suerte, ¿qué haces fuera?»
A los parisinos les divierte. Desde hace cuatro meses esta frase acompaña los círculos azules que surgen durante la noche trazados con tiza en las aceras de la ciudad, y en el centro de los círculos, prisioneros, un desecho, un residuo, un objeto perdido: un trombón, una bombilla, una pinza de depilar, un yogur, una pata de paloma... El fenómeno hace las delicias de los periodistas y de algunos psiquiatras que elaboran diferentes teorías.
Sin embargo, al comisario Adamsberg no le hace ninguna gracia. Los círculos y su heteróclito contenido «rezuman» crueldad. Él lo sabe, lo siente: pronto ese hecho anodino y estrafalario se convertirá en una tragedia.
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Mathilde sacó su agenda y escribió: «El tipo que está sentado a mi izquierda empieza a tocarme las narices».
Bebió un sorbo de cerveza y volvió a echar una ojeada a su vecino, un tipo enorme que daba golpecitos con los dedos en la mesa desde hacía diez minutos.
Añadió en la agenda: «Está sentado demasiado cerca de mí, como si nos conociéramos, aunque jamás le había visto. Estoy segura de que no le había visto jamás. No se puede contar nada más de este tipo que lleva gafas negras. Estoy en la terraza del Café Saint-Jacques y he pedido una caña. La bebo. Me concentro en la cerveza. No tengo nada mejor que hacer».
El vecino de Mathilde siguió tecleando.
—¿Pasa algo? —preguntó Mathilde.
Mathilde tenía la voz grave y muy cascada. El hombre dedujo que era una mujer y que fumaba todo lo que podía.
—Nada, ¿por qué? —preguntó el hombre.
—Me está empezando a poner nerviosa verle tamborilear en la mesa. Hoy me crispa todo.
Mathilde acabó la cerveza. Todo le parecía insulso, sensación típica de los domingos. Mathilde tenía la impresión de que sufría más que los demás ese mal bastante común que ella llamaba el mal del séptimo día.
—Tiene usted aproximadamente cincuenta años, ¿verdad? —preguntó el hombre sin apartarse de ella.
—Es posible —dijo Mathilde.
No le hizo ninguna gracia. ¿Qué podía importarle a ese tipo? En ese instante acababa de descubrir que el chorrillo de agua de la fuente de enfrente, desviado por el viento, mojaba el brazo de un ángel esculpido más abajo, y esos eran seguramente instantes de eternidad. En realidad, el tipo estaba a punto de estropearle el único instante de eternidad de su séptimo día.
Y además, normalmente le echaban diez años menos. Se lo dijo.
—¿Qué importa? —dijo el hombre—. Yo no sé valorar las cosas como los demás, pero supongo que es usted más bien guapa, ¿o me equivoco?
—¿Acaso hay algo raro en mi cara? No parece usted muy convencido —dijo Mathilde.
—Sí —dijo el hombre—, supongo que es usted guapa, pero no puedo jurarlo.
—Haga lo que quiera —dijo Mathilde—. De todas formas usted sí es guapo y puedo jurarlo si le sirve de algo. En realidad siempre sirve. Y ahora voy a dejarle. Realmente hoy estoy demasiado crispada para desear hablar con tipos como usted.
—Yo tampoco estoy muy relajado. Iba a ver un apartamento para alquilar y ya lo habían cogido. ¿Y usted?
—He dejado escapar a alguien que me interesaba.
—¿Una amiga?
—No, una mujer a la que he seguido en el metro. Había tomado un montón de notas y, de repente, la he perdido. ¿Lo ve?
—No. No veo nada.
—No lo intenta, eso es lo que pasa.
—Es evidente que no lo intento.
—Es usted un hombre patético.
—Sí, soy patético y, además, ciego.
—Dios mío —dijo Mathilde—, lo siento.
El hombre se volvió hacia ella con una sonrisa bastante perversa.
—¿Por qué lo siente? —dijo—. De todas formas usted no tiene la culpa.
Mathilde se dijo que debería dejar de hablar, pero también sabía que no lo conseguiría.
—¿De quién es la culpa? —preguntó.
El ciego guapo, como Mathilde ya le había llamado en el pensamiento, se volvió casi de espaldas.
—De una leona que disequé para entender el sistema de locomoción de los felinos. ¡A quién carajo le importa el sistema locomotor de los felinos! Unas veces me decía: es formidable, y otras pensaba: maravilloso, los leones caminan, retroceden, saltan, y eso es todo lo que hay que saber. Un día, hice un movimiento torpe con el escalpelo…
—Y le salpicó.
—Así fue. ¿Cómo lo sabe?
—Hubo un chico, el que construyó la columnata del Louvre, que murió así, por culpa de un pajarraco podrido extendido sobre una mesa. Pero fue hace mucho tiempo y era un pajarraco. Realmente es muy grande la diferencia.
—Pero la putrefacción es la putrefacción. La putrefacción me saltó a los ojos y me vi lanzado a la oscuridad. Todo terminó, ya no podía ver. Mierda.
—Una leona asquerosa. Yo conocí un animal así. ¿Cuánto tiempo hace?
—Once años. Si fuera posible, seguro que en este momento la leona seguiría riéndose a carcajadas. Bueno, ahora yo también me río a veces. Pero no entonces. Un mes después volví al laboratorio y lo destrocé todo, esparcí putrefacción por todas partes, quería que la putrefacción saltara a los ojos de todo el mundo y lancé por los aires todo el trabajo del equipo sobre la locomoción de los felinos. Por supuesto, no logré la menor satisfacción. Estaba decepcionado.
—¿De qué color eran sus ojos?
—Negros como vencejos, negros como las hoces del cielo.
—Y ahora, ¿cómo son?
—Nadie se ha atrevido a describírmelos. Negros, rojos y blancos, creo. A la gente se le hace un nudo en la garganta cuando los ve. Imagino que el espectáculo es espeluznante. Jamás me quito las gafas.
—Pues yo quiero verlos —dijo Mathilde—, si realmente usted quiere saber cómo son. A mí lo espeluznante no me impresiona.
—Eso dicen y luego lloran.
—Un día, haciendo submarinismo, un tiburón me mordió la pierna.
—De acuerdo, no debe de ser muy agradable.
—¿Qué es lo que más siente no poder ver?
—Sus preguntas me matan. No vamos a hablar de leones, tiburones y bichos asquerosos todo el día, ¿verdad?
—No, por supuesto que no.
—Echo de menos a las chicas. Es normal.
—¿Las chicas se fueron después de la leona?
—Eso parece. Usted no me ha dicho por qué seguía a esa mujer.
—Por nada. Yo sigo a cantidad de gente, ¿sabe? Es más fuerte que yo.
—¿Su amante se fue después del tiburón?
—Se fue y vinieron otros.
—Es usted una mujer singular.
—¿Por qué lo dice? —dijo Mathilde.
—Por su voz.
—¿Qué oye usted en las voces?
—¡Vamos, no puedo decírselo! ¿Qué me quedaría, Dios mío? Señora, hay que dejar algo al ciego —dijo el hombre sonriendo.
Se levantó para marcharse. Ni siquiera se había tomado su copa.
—Espere. ¿Cómo se llama? —dijo Mathilde.
El hombre titubeó.
—Charles Reyer —dijo.
—Gracias. Yo me llamo Mathilde.
El ciego guapo dijo que era un nombre bastante elegante, que la reina Mathilde había reinado en Inglaterra en el siglo XII, y luego se fue, guiándose con un dedo a lo largo de la pared. A Mathilde le importaba un carajo el siglo XII y vació la copa del ciego frunciendo el ceño.
Durante mucho tiempo, semanas enteras, en el transcurso de sus excursiones por las aceras, Mathilde buscó al mismo tiempo al ciego guapo con el rabillo del ojo. No le encontró. Le calculaba treinta y cinco años.
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Así empieza la novela, la segunda que leo de la autora, Fred Vargas, y del mismo personaje, el comisario Adamsberg. La anterior "Bajo los vientos de Neptuno" era mucho más larga. o, mejor dicho, ésta es muy corta, sólo 146 páginas. De hecho, al ser un libro electrónico, creí que el fichero estaba dañado o algo parecido, vamos, que le faltaban páginas. Pero no.
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Es una novela de personajes, muy bien definidos, más que de acción, aunque haberla hayla. El comisario está como ido de la realidad y se concentra en unos aspectos de los casos que resultan peregrinos para el resto, pero al final se ve que no es así.
No hay más violencia que la que ejerce el criminal, hoy en día no se podría hacer una película americana sobre estas novelas de Adamsberg, y con esto está dicho mucho si no todo.
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Un personaje, el comisario Adamsberg, recomendable, a seguir.
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sábado, 29 de mayo de 2010

Libro: Bajo los vientos de Neptuno

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Bajo los vientos de Neptuno
Sous les vents de Neptune
Fred Vargas
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Traducción de Aurelio Crespo
Edita Ediciones del Prado
405 páginas
1ª edición, de 2008
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Fred Vargas juega sus mejores cartas en una novela policiaca de arquitectura clásica y perfecta, que transcurre entre París y la nieve de Quebec. El comisario Adamsberg se dispone a cruzar el Atlántico para instruirse en unas nuevas técnicas de investigación que están desarrollando sus colegas del otro lado del océano. Pero no sabe que el pasado se ha metido en su maleta y le acompaña en su viaje. En Quebec se encontrará con una joven asesinada con tres heridas de arma blanca y una cadena de homicidios todos iguales, cometidos por el misterioso Tridente, un asesino fantasmal que persigue al joven comisario, obligándole a enfrentarse al único enemigo del que hay que tener miedo: uno mismo. Adamsberg esta vez tiene problemas muy serios...
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Sorpresa muy agradable ha resultado este libro, y más teniendo en cuenta que pagué dos euros por él.
Me sonaba de algo el nombre de la autora pero no la conocía.
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Dice Javier Cercas que Vargas es a la novela negra americana lo que el cine europeo a Hollywood. La dieta normal es América, pero de vez en cuando viene bien algún plato más refinado, otro tono cultural.
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Creo que me hace falta leer más novelas de Adamsberg para saber si estoy de acuerdo con él.
Sobre todo porque en esta novela el comisario es el presunto asesino y es posible que no sea representativa de la literatura de Fred Vargas, siendo la única que conozco.
En cualquier caso, me ha gustado. El personaje no es el típico investigador y se basa en sus intuiciones.
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La editora habitual de la novelas de Vargas es Siruela.
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