El otro día hablaba de una paella nocturna que nos metimos entre pecho y espalda en casa de unos amigos. Pero hubo más, más y bueno, o rico, rico que dice el de la tele.
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La frivolidad o aperitivo atendía al nombre de aceitunas con costra.
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Yo fui, yo estuve, aunque es verdad que no me enteré de la kedada, más listo, me autoinvité tres semanas antes.
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Bueno, volviendo a las cosas del comer, treinta, 30, XXX, aceitunas con costra, que estaban curiosas, elegantes, ¡xé, de categoría!.
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Actuó de cocinero Javier, mi sobrino el pequeño, y yo volví a desempeñar la parte más ingrata del proceso, todo el trabajo de dar conversación, leer y explicar la receta, beberme la cerveza, mi sobrino no, obviamente, y dar buena cuenta de las aceitunas sobrantes, eso sí esta vez, a medias con mi sobrino.
Hubo un ligero contratiempo con el uso compartido del horno pero ello no fue obstáculo para que la experiencia gastrónomica culminara con éxito.
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No sobró ninguna, y eso que esta vez, al ser más, hicimos 60, el doble.
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