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domingo, 7 de abril de 2013

El maestro de ajedrez

Artículo de Arturo Pérez-Reverte hoy en XL Semanal: 

Visito un pequeño club de ajedrez, en una ciudad de provincias. Un lugar agradable, en cuyo salón hay una docena de mesas con tableros, piezas y relojes de juego. Por las tardes se dan clases infantiles, y la de hoy corresponde a niños de seis a diez años. Es la hora de salida del cole, y los pequeños cabroncetes llegan acompañados por los padres, con mochilas multicolores, anoraks y gorros de lana. Con sus inocentes caras de panoli, en contraste con esas miradas perspicaces a las que nada escapa. Saludos, conversaciones, risas. Bullicio. Nueve chicos y tres chicas. Se conocen de clases anteriores, y algunos vienen del mismo colegio. Bromean entre ellos, hablan con naturalidad de jugadas, ejercicios de ajedrez y partidas pasadas. Tiene gracia ver a renacuajos de seis años hablando con aplomo de mates del pastor y de reyes ahogados. Sorprende que hasta los más pequeños se comporten como veteranos, con la seguridad de quienes están familiarizados con las piezas y el tablero. También los padres cambian impresiones. No puedo evitar mirarlos con admiración. Con respeto. Nadie los obliga a que sus hijos aprendan ajedrez. Es más cómodo llevarlos a un parque, o a casa, y ahorrar los treinta euros al mes que cuestan las clases. Quienes puedan pagarlos. Pero aquí están, puntuales como cada miércoles. Dispuestos a esperar mientras sus enanos juegan. Aprenden. Cuajan. 

No se trata de hacer campeones. Mi amigo Leontxo García, paladín del ajedrez infantil, lo ha dicho muchas veces: es una estupenda actividad complementaria para los pequeños, porque es divertida y porque los acostumbra a pensar antes de hacer las cosas. Además, un niño familiarizado con este juego puede mejorar hasta un 17 por ciento su capacidad intelectual -hay conexión directa entre la lógica del ajedrez y la lógica matemática- y también su comprensión lectora, pues el tablero ayuda a interpretar signos, asociarlos y sacar conclusiones. Los padres que traen a sus hijos son conscientes de eso. Saben que así los dotan de otra herramienta útil para moverse por el territorio hostil que siempre, al cabo, resulta ser la vida. Con tres elementos añadidos, importantes para la educación de un niño: la conciencia de que existen reglas, el respeto por el adversario -en el ajedrez y en la calle siempre habrá alguien más listo que tú- y acostumbrarlo a encajar victorias y derrotas con naturalidad. Con elegancia. 

Llega el maestro de ajedrez: un individuo de aire malhumorado, sobre los cincuenta años. No tiene aspecto simpático. Con dos palmadas hace que los niños ocupen sus lugares y dispongan las piezas. Luego pide a los padres que desaparezcan. Que se larguen. Nada de ver cómo juega mi chaval, ni de nenes haciendo monerías para sus papis. El ajedrez no se juega en familia. Obedecen todos; pero como no soy padre y estoy de visita, me quedo en la puerta con algún otro progenitor, mirando de lejos. Al profesor no le hace gracia -nos dirige una mirada hostil- pero al cabo decide fingir que no nos ve. Y empieza la clase. 

Lo que asombra, desde el principio, es la disciplina. Acostumbrados como estamos a que sean los enanos quienes dan el tono, el contraste es notable. Ha bastado la presencia del profesor para que todos se callen y jueguen. Aperturas, gambitos. Todo ocurre con insólita seriedad infantil. De codos en la mesa, los niños alargan la mano para mover una pieza, miran al contrincante. El silencio y el orden son absolutos. El maestro de ajedrez pasea severo, mirando los tableros. Haciendo una indicación a este o aquel jugador. Los niños obedecen en silencio, respetuosos. Tan formales que dejan estupefacto. No puedes evitar acordarte de tus maestros de infancia, cuya sola presencia bastaba para imponer disciplina a toda una clase. Y es que, concluyes, éste es un lugar privado. Aquí no hay docencia psicopedagógica políticamente correcta, sino un maestro docto en lo suyo, disciplina y niños deseosos de aprender: alumnos voluntarios que aceptan las reglas. En críos de su edad, eso resulta tan fascinante que acabas preguntándote hasta qué punto escenas así no siguen siendo necesarias. Hasta qué punto los viejos maestros como siempre fueron -severos, sabios, infundiendo respeto-, no hacen mejores a quienes tutelan. Y cuando uno de los niños mira a otro y dice algo en voz baja, distrayéndose del juego, observo que el maestro de ajedrez se acerca y le da una ligera colleja: un pescozón de toda la vida, que devuelve la atención del chico a su tablero.Algo que en un colegio de ahora podría costar al profesor un disgusto, un expediente, un titular en los periódicos. Y que desde la puerta, en donde curiosea conmigo, el padre del niño acoge con un movimiento de cabeza resignado, y con una sonrisa.

lunes, 4 de marzo de 2013

¿El genio nace o se hace?



El experimento Polgar

▣ HERNAN CASCIARI, VIERNES 1 DE MARZO, 2013

Laszlo y Klara se conocieron y se casaron en los sesenta, en Budapest. Los dos eran pedagogos y tenían ideas raras. Él gordo y barbudo, ella morocha y robusta, se prometieron en la luna de miel que, cuando tuvieran un hijo, experimentarían con él. Tenían una teoría: pensaban que cualquier chico —con el adiestramiento adecuado— podía ser un genio en cualquier disciplina. No tuvieron un hijo, sino tres hijas. Y nunca las mandaron al colegio. Desde que nacieron, las tres criaturas aprendieron a jugar al ajedrez de día, de tarde y de noche.
Peón cuatro Rey
Laszlo Polgar eligió enseñar ajedrez a sus hijitas como podría haber elegido física cuántica, literatura detectivesca o ingeniería molecular. Le daba lo mismo. Lo que él quería demostrar era otra cuestión: que el genio no nace, que se hace. Que cualquier semilla plantada en el cerebro infante, con método y sacrificio, deviene en flor poderosa.
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Interesante artículo de la revista ORSAI

domingo, 3 de marzo de 2013

Libro: El tango de la guardia vieja


El tango de la guardia vieja
Arturo Pérez-Reverte
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Imagen de cubierta: Grace Kelly at the Carlton Hotel, Cannes 1955, de Edward Quinn
Edita Alfaguara
1ª edición: 2012
504 páginas
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La trepidante aventura de Max Costa y Mecha Inzunza les lleva a recorrer tres escenarios distintos del convulso siglo XX: pasarán en 1928 por Buenos Aires gracias a una extraña apuesta entre dos músicos, en Niza se verán envueltos en medio de una trama de espionaje durante los años de la Guerra Civil española y los primeros vientos de la segunda Guerra Mundial, para terminar en Sorrento, en los años sesenta, embarcados en una inquietante partida de ajedrez. El tango de la Guardia Vieja narra con pulso admirable una turbia y apasionada historia de amor, traiciones e intrigas, que se prolonga durante cuatro décadas a través de un siglo convulso y fascinante, bajo la luz crepuscular de una época que se extingue.
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No tenía muy claro qué me iba a encontrar en la última novela del académico, tuitero y escritor Arturo Pérez-Reverte, y me he encontrado con un libro que me ha gustado mucho, aunque no sea políticamente correcto decirlo.

Historia de amor que se desarrolla en diversas épocas y en diversos escenarios, en cada uno de los cuales se toca un tema distinto: el tango, la guerra y el ajedrez.

Los personajes principales empatizan con el lector a las primeras de cambio y se mueven a lo largo del libro con naturalidad, adaptándose a los nuevos tiempos.

El libro llega a enganchar, yo mal leí el periódico para ponerme enseguida a leer y terminar el libro durante el desayuno.

Muy recomendable, aunque no se sepa bailar el tango.

Jaque mate


sábado, 12 de mayo de 2012

Me gusta leer

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Estoy leyendo Una partida de ajedrez, de Stefan Zweig, lectura propuesta en el Club de lectura de Finis Terrae.
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Miss Junio intenta distraerme de lo importante, digo de la lectura, pero, por ahora, no lo está consiguiendo.
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viernes, 20 de enero de 2012

Me gusta el ajedrez

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A nadie se le había ocurrido hasta ahora diseñar un ajedrez vertical.
¡Qué original!
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Siento no poder nombrar al diseñador pero no lo he encontrado.
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lunes, 2 de enero de 2012

A veces pensar mucho no es bueno

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Hace unos días traje un ajedrez de chocolate.
Entonces dije que no podía haber revancha por razones obvias.
Hoy, con este ajedrez de hielo se podría decir lo mismo y no hace falta reloj, las piezas te avisan si piensas demasiado, y sin remedio.
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lunes, 12 de diciembre de 2011

No hay revancha

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La pastelería Dulce Amargo (Blasco de Garay 52, Madrid) elabora estos tableros y piezas de ajedrez en chocolate negro y blanco.
Nunca como ahora ha tenido el sentido exacto esa expresión ajedrecística de:
- Te como la torre.
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Además, claro está, no hay revancha.
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miércoles, 1 de junio de 2011

Me gusta jugar


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No sé qué me pasa, pero no me concentro.
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Nada, no hay manera.
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Y eso que en un pasado viaje a Madrid me senté en la silla que lleva el nombre de Anatoli Karpov. Está en La posada de la villa, uno de los innumerables restaurantes de la Cava Baja, y uno de los más antiguos pues lleva abierto al público desde el siglo XVII.

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No se me debió pegar nada del Maestro.
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lunes, 11 de abril de 2011

Libro: El hechizo de Caissa

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El hechizo de Caissa
Fernando Ortega
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Diseño e ilustración de cubierta, Oplaworks
Edita Viceversa
1ª edición, 2011
379 páginas
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El 1 de abril, antes Día de la Victoria, fue la presentación de este libro en ¿dónde? en Bibliocafé, por supuesto.
De la presentación realizada por Jose Milián y Antonio Penadés sólo voy a decir que fue amena, divertida a ratos, muy entretenida y larga, casi dos horas nos aguantó José Luis en su local.
Y no voy a decir más porque mejor que que yo lo cuenta Ariodante, que ha publicado una "crónica" del evento en su blog "La hora azul".
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Cuenta el mito que Ares, dios de la guerra, le regaló un ajedrez a la esquiva Caissa para seducirla, y fue así cómo ella se convirtió en la musa del ajedrez.
¿Pero qué sucede cuando una persona es hechizada por Caissa? ¿Puede el ajedrez marcar una vida?

Marcos era sólo un niño cuando abandonó su país. Él ansiaba tener una madre afectuosa, pero en su lugar fue adoptado por Roberto, un hombre severo, solitario y envuelto en un halo de misterio. Fascinado por las partidas de ajedrez que juegan su padre y su abuelo, Marcos se rebelará ante la negativa de Roberto a enseñarle a jugar y se volcará en el aprendizaje por su cuenta. Pero lo que en un inicio sólo parece un juego se convertirá en una obsesión que le hará gozar y sufrir, conocer lugares y personajes memorables, pagar un precio quizá demasiado elevado e incluso llegar a descubrir un secreto del pasado…
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El hechizo de Caissa, primera novela de Fernando Ortega, no es sólo una novela sobre ajedrez, se puede leer sin saber mucho de ese juego-deporte-arte, aunque hay que conocer los rudimentos básicos. Es una novela sobre la vida, las elecciones que hay que hace, la búsqueda de la propia identidad en la adolescencia y los problemas que conlleva no estar dentro del grupo.
Sobre los sueños que perseguimos toda nuestra vida y no se hacen realidad.
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La novela está escrita con tres partes en cada capítulo. Una primera es una cita sobre la vida, luego se va contando una partida de ajedrez en el presente durante todo el libro, y una tercera parte, más extensa, que relata la historia de Marcos.
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El autor ha escrito una carta a los lectores donde explica algunos pormenores de la gestación de la novela, es parte de lo que dijo en la presentación.
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No sé si soy objetivo o el haber estado en la presentación me influye en una especie de síndrome de Estocolmo, tendré que estar atento en próximas aventuras bibliocafeteras, el libro me ha gustado, hay una historia, hay unos personajes, y aquella está bien contada y entretiene, quieres saber qué pasa con Marcos.
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